El principal rasgo de identidad del Lugo ha sido la solidez del trabajo en equipo, la que le permitió alcanzar las cotas más altas esta temporada
03 jun 2014 . Actualizado a las 12:07 h.Si bien es cierto que para un foráneo, el Lugo se puede personificar en la figura de Rennella, los seguidores fieles del equipo rojiblanco son conscientes de que el éxito radica en un factor clave: la fuerza de la colectividad. Los mejores momentos de la temporada han coincidido con el funcionamiento como una máquina bien engrasada. Un mecanismo viviente que ha sido capaz de dar lecciones de fútbol ante algunos de los rivales más complicados, y con más nombre (y muchos más nombres) de la categoría.
¿Hace falta recordar que este Lugo llegó a ser segundo clasificado? Y no parece que, en medio de la igualdad imperante en la categoría, llegase a tal cota por alguna concesión, algún regalo de los demás contendientes. ¿O ha pasado al olvido que a este equipo no ha sido capaz de ganarle uno de los recién ascendidos, como es el Deportivo? Los de Fernando Vázquez empataron con los de Setién tanto en Riazor (donde los rojiblancos monopolizaron la posesión de la pelota), y en el Ángel Carro, con una parte para cada contendiente, en la segunda el triunfo bien pudo quedarse en casa, después de una espectacular igualada.
Capacidad de reacción
Esa capacidad de reacción mostrada ante los coruñeses ya había sido recuperada antes, también en casa, contra el Mallorca. Los isleños se adelantaron, pero el Lugo terminó ganando por 2-1.
Y todo, gracias a un ejercicio absolutamente colectivo, en el que colaboraron todos los jugadores, desde la portería hasta la delantera.
El Lugo más dominante lo era porque todos sus futbolistas participaban en la elaboración. Centrados en un detalle clave: la circulación del balón a la máxima velocidad. Incluso esta misma temporada, coincidiendo con sus mejores momentos, se mostraban capaces de realizar un fútbol diferente, en el que la posesión pasaba a un segundo plano si el rival se destacaba en esa parcela. El ejemplo más claro en este aspecto puede encontrarse en el partido contra el Barcelona B en el Ángel Carro. Los catalanes monopolizaron la pelota, pero la portería lucense casi no se vio incordiada. Ese día la solidaridad entre los jugadores se hizo más patente que nunca. Las ayudas fueron continuas. Los interiores apoyaban hasta la extenuación a los laterales; los medios, a los centrales; los atacantes se convertían en una efectiva primera línea de presión. Y sin poseer el cuero, el Lugo no era menos Lugo. Lo reconocía tras el partido el segundo entrenador, Juan Peón: «Nos gusta tener el balón, y hay veces que no se puede. Cuando lo tuvimos, supimos jugarlo con inteligencia, sin perderlo en zonas peligrosas. Tuvimos cuidado de no cometer errores».