La normativa de la competición establece que la incomparecencia de un equipo a un partido oficial tendrá como castigo para el infractor el descuento de tres puntos en la clasificación y el cómputo del encuentro como derrota por tres a cero. No fue ese el caso el pasado sábado en El Molinón. 22 jugadores saltaron de inicio al campo, aunque los visitantes lo hicieran bajo un formato desconocido, una suerte de engendro táctico que los situaba en cuerpo pero no en alma, anulando de raíz las señas de identidad y las virtudes que tan buenos resultados han producido. Una declaración de intenciones de la poca guerra que se le iba a dar al rival y de las escasas ganas de hacer sangre que tenían los de Setién. No llegó a haber batalla. Visitar Gijón asusta a priori. Lo de siempre en Segunda: equipo de mucha entidad y potencial, con historia, estadio y afición de otra categoría. Pero la realidad es otra: un Sporting histérico, deprimido por la racha de resultados de los últimos meses y con una presión insoportable sobre los hombros al sentir que el objetivo del ascenso se les escapa entre las manos, con tan sólo un punto sobre el Lugo en la tabla. Quizás una ocasión ideal para haber sido valientes, que no suicidas, desplegando sin complejos la artillería que ha hecho a este Lugo grande para meterles el miedo en el cuerpo y sacar rédito de los nervios asturianos. Unos con mucho que perder, a diferencia de los otros, con el objetivo casi cumplido. Por eso lo que más decepcionó a muchos de los que allí nos desplazamos fue esa falta de codicia en un escenario teóricamente favorable, salir ondeando la bandera blanca de primeras frente a un lamentable Sporting que demostró el por qué de su actual situación. Un planteamiento recurrente a domicilio, timorato y sin ambición, firmando de antemano el empate a cero, en la tónica de casi todas las salidas del 2014. Como aquel que juega a la lotería con la única intención de acertar el reintegro para continuar jugando sabiendo que nunca le va a tocar. Escasa aspiración. Sin olvidar en nunca quiénes somos y de dónde venimos, apreciar y valorar el mérito de los logros conseguidos debe ser obligación. Pero ser humildes no significa dejar de pelear por ser mejores, ya que la falta de ambición siempre lleva al conformismo. Y de ahí a la mediocridad solamente hay un paso.