Cualquier deportista o entrenador sabe perfectamente que el propósito fundamental de su labor diaria gira alrededor de un axioma básico: mejorar. Si nos referimos al deporte de élite, estamos hablando de un margen de mejora minúsculo. Los detalles, siempre tan importantes, cobran una importancia decisiva. Esa mejora es más evidente en especialidades agonísticas. El cronómetro y el metro ponen a cada uno en su sitio. En deportes colectivos, caso del fútbol, es más difícilmente cuantificable. Su valoración pasa por juicios subjetivos a simple vista. Pero por encima de todo, en ambos casos deben existir dos ingredientes fundamentales: el trabajo diario sin descanso y un ansia constante, casi enfermiza, de superación.
Si hay dos jugadores en la plantilla del Lugo que cocinan su particular receta para el éxito con ambos elementos, esos son Manu y Víctor Marco. Poquito a poco, paso a paso, ambos han sido capaces de lograr un aumento notable de su potencial futbolístico sin hacer mucho ruido, convirtiéndose en puntales fundamentales del conjunto lucense en una competición tan exigente como la Liga Adelante. Es muy probable que el aficionado de a pie que los veía jugar en Segunda B hace un par de campañas, apenas pudiera imaginar que ambos fuesen piezas prácticamente insustituibles en el once inicial y referentes de la categoría. Probablemente no sean dechados en talento, ni virtuosos caracterizados por un estilo de juego lleno de florituras. Sin duda, su mayor valía radica en que saben explotar sus virtudes al máximo y conocen perfectamente sus limitaciones. Y eso no es poco. De ese modo, se han convertido en el perfil de futbolista que todo entrenador desea tener: comprometido y trabajador, que aporta un rendimiento notable de forma constante de la jornada 1 a la 42. El mejor ejemplo de que con trabajo y dedicación, no existen barreras insuperables.