Apática. Fría. Distante. Sedentaria. Todos estos calificativos podrían ser perfectamente aplicables a la hinchada rojiblanca hasta hace un puñado de años, cuando eran poco más de 2.000 los aficionados que bajaban al vetusto y gélido Anxo Carro para apoyar a su Lugo en su peregrinaje por las categorías menores del futbol español. No era muy numerosa, es cierto, pero por encima de todo era fiel e inasequible al desaliento ante las diversas vicisitudes que padecía el club por aquellos tiempos. «Lugo nunca fue ciudad de fútbol», sentenciaban algunos. La llegada a la élite futbolística nacional, y el bonito espectáculo que ofrece periódicamente el conjunto de Setién sobre el campo, han provocado que la parroquia rojiblanca crezca hasta límites difícilmente predecibles. Y además, es cada vez más viajera. Poder acompañar al equipo a estadios de referencia como El Molinón, La Condomina o el Ramón de Carranza es un atractivo al que muchos lucenses sucumben. La Romareda zaragozana el próximo sábado podría ser otro buen ejemplo. Pero existe una fecha marcada en rojo en el calendario para todos ellos: el primer fin de semana de diciembre en Riazor, momento histórico difícilmente imaginable por aquellos escasos y valiosos 2.000 fieles. Ya sea a través de viajes organizados por peñas o por sus propios medios, el aficionado se ha acostumbrado a recorrer el territorio nacional para asistir a los partidos que juega su equipo, hecho más meritorio aun si cabe, si tenemos en cuenta las actuales estrecheces económicas que estamos padeciendo. Será cuestión de unas cuantas temporadas comprobar si el incremento en número de abonados y el cambio de costumbres fue fruto de una mera moda pasajera o, por el contrario, el Lugo echó raíces sólidas en la sociedad lucense.