Sin duda, el golpe en la mesa del Lugo ante el Albacete, radicó mucho más en su juego que en la propia victoria mínima. Es la mejor noticia de la buena nueva, después de demasiadas jornadas alejados, como estaban los pupilos de Quique Setién, del sabor de los triunfos. Y fue una victoria inapelable y hasta convincente, sobre todo por la alta gama de juego exhibido y generado por los lucenses. La serie de pases y apoyos triangulados, la altísima circulación que acabó por desarbolar a la zaga visitante, así como los cambios de orientación y el generoso esfuerzo en la presión, elevó las prestaciones del Lugo hasta las cotas pretéritas de la pasada campaña. El fútbol suele ser generoso con sus discípulos más fieles: con aquellos defensores a ultranza de sus principios básicos. No con los especuladores tan al uso. Y esa fidelidad a tal filosofía se corresponde casi siempre con el premio de la victoria. El equipo que juega bien y mejor que los demás, tiene muchas más probabilidades de triunfar. Calidad hay en abundancia y solo faltaba que todos los jugadores asumiesen su rol. Lo hicieron frente a uno de los aspirantes al ascenso, y el pírrico triunfo solo se debió a la escasa puntería y a la inesperada participación del meta Miguel para impedirlo. El triunfo debe de animar a los lucenses de cara al futuro. Sin complejos, porque no son inferiores a nadie. La visita al campo de O Vao es una auténtica prueba de fuego para refrendar esas aspiraciones, ante el Coruxo de Josiño Abalde, auténtica revelación de la temporada. Un recinto tan difícil por sus escasas dimensiones como por el incuestionable potencial del rival.