Nada nuevo bajo el sol. El bajón de la segunda vuelta del Lugo ha pasado una factura muy cara, que solo se puede amortizar en un único plazo el domingo, venciendo al descendido Pontevedra. Todo el crédito cosechado en buena parte del campeonato como líder solvente, se ha ido difuminando en las últimas semanas con esa pérdida de frescura, solo reconocida por una minoría responsable, hasta la vergonzante derrota ante un colista descendido, el Extremadura. Y solo hay una lectura que explique diáfanamente esta debacle: la inseguridad defensiva del equipo de Setién, que ha lastrado peligrosamente la excelente campaña rojiblanca. Los guarismos ni mienten: el Lugo ha recibido en 37 partidos 39 goles. A más de uno por partido. Dos campeones confirmados, Murcia y Sabadell, han recibido 20 y 24 tantos, respectivamente. Y el otro candidato, el Mirandés, 22. En los tres casos, muy poco más de la mitad de los goles encajados por el Lugo. Ese seguro tipifica las cualidades y carencias de cada cual. Ninguna coartada puede justificar esta hemorragia defensiva del equipo lucense. Hay una notable descompensación en el rendimiento defensa-ataque. Y llegados a la finalísima del próximo domingo, para ganar imprescindiblemente y celebrar el título, no se puede reincidir en esa endemia.
A nadie se le oculta la campaña más que brillante del equipo. Sería de necios exigirle a una modesta plantilla objetivos fuera de una realidad palpable. Pero llegados hasta aquí, es decir, a las puertas de un campeonato que ofrece insospechadas probabilidades de ascenso, hay que morir matando. Quiero decir, que no se puede despertar de un sueño legítimo a una pesadilla sin consuelo, si la ambición debe de ser el lema de un equipo indomable. Y el Lugo lo es, con el beneplácito de una afición que debe de llenar las gradas del Ángel Carro a rebosar el próximo domingo. Tenemos una cita con la historia, aunque el rival sea el Pontevedra, que no se juega nada, sí, pero cuyos antecedentes son para echarse a temblar.