El Lugo sigue empantanado en el mismo guión que echó por tierra sus sueños de grandeza, y perdió otra oportunidad de maquillar su clasificación en Ipurúa, el fortín que le ha permitido al Eibar echar raíces en la división de plata. De nuevo ha pasado el equipo de Setién de la miel en los labios a la hiel de sus pecados capitales, cayendo y haciendo padecer a sus sufridos seguidores una nueva frustración irremediable. Si Maikel había reconducido la ventaja inicial, en un 1-2 que significaba la remontada lucense, de nuevo la vulnerabilidad defensiva en las jugadas a balón parado y en el juego aéreo, dieron al traste con los tres puntos en el ocaso del encuentro. Precisamente en el momento más doloroso, cuando ya el tiempo está agotado y no ofrece más oportunidades de rectificación. Tampoco el calendario da más de sí, a falta de tres jornadas para el epílogo, y hasta la clasificación para la Copa parece ya una quimera a la que aferrarse. El desconsuelo parece irreversible en una temporada que concluye en las antípodas de sus albores, cuando el Lugo nos sorprendió a todos con un fútbol reconvertido en espectáculo, inusualmente ambicioso, acompasado por una presión y ritmo insoportables para los adversarios más ilustres. Incluso, fueron estos los que padecieron al Lugo más brillante que se recordaba en mucho tiempo, hasta el punto de sufrir severas goleadas que no figuraban en los anales rojiblancos. Pontevedra y el propio Eibar pueden atestiguarlo. Salvo alguna excepción, el Lugo tuvo sus mejores actuaciones y resultados con los favoritos y dejó su vitola en entredicho ante los de abajo. Pero al margen de estos datos que no dejan de ser una anécdota, por el Ángel Carro tampoco pasará un año más el tren del ascenso, porque nos sigue faltando mentalidad ganadora para empresas de este fuste. Ni siquiera la pedrea de la Copa que nos brindase el gordo de uno de los dos grandes de nuestro fútbol. Es nuestro signo, escrito siempre bajo el mismo guión de la frustración.