Ni León, ni Burgos... Si hay un lugar en España donde el juego del frontón es deporte nacional, es el País Vasco. Plantearle un partido de pelota a los mayores expertos suena poco más que a quimera, por los resultados que pueda generar. Lo hizo el Lugo y no le fue bien, hasta que, ya casi al final, Tornero, casi el único que estuvo a la altura, se sacó de la chistera el penalti de la victoria, y el tercer partido de los locales sin encajar.
Jai alai llaman los vascos a una de las modalidades, la cesta punta, y sin problema alguno, acunaban el balón en su pie, a modo de canasto para enviarlo al patadón a sus dos referencias arriba. La defensa del Lugo trataba de repeler el fútbol directo con la misma arma, voleón hacia arriba, a las carreras sobre todo de Tornero, olvidándose de algo llamado creatividad, olvidando que se trataba de fútbol, que no pasaba nada por coger el cuero y llevarlo al muro de enfrente sorteando a los rivales, moviéndolo entre un jugador y otro. Nadie iba a reprocharles por hacer trampas, al contrario, se trataba de eso, de cambiar de deporte de volver al fútbol. Cuando con timidez lo intentaron por vez primera, el entramado defensivo rival se mostró como una valla de madera en descomposición. Mientras ambos repartieron pelotazos, los de la margen izquierda del Nervión se mostraron mucho más peligrosos, colgaban balón tras balón, incluso encontraron un hueco a la izquierda de la defensa lucense para profundizar por él.
Despertar
Tardó el Lugo en despertar, en advertir que los vascos prescindían de medio campo, y tanto lo hacían, que tampoco les importaba que los de Fonsi Valverde se hicieran con el control del balón en esa parcela. No presionaban cuando el Lugo controlaba, pero la mente no se les abrió hasta casi el minuto 30 de la primera mitad. Sólo hacía falta tocar, mover el cuero de un lado a otro, imprimir un ritmo que no existía y que los vascos no querían de ningún modo. Les interesaba el estatismo, por poseer una defensa monolítica, con demasiada distancia entre líneas, con zagueros sin cintura. En cuanto los rojiblancos daban dos pases, los desarmaban. Ellos esperaban, casi miraban las acciones locales. El final de la primera parte se había convertido en un asedio, apenas un espejismo, pues el modelo tardaría en repetirse en la segunda mitad.
Allá por el minuto 20 de la reanudación, Fonsi Valverde planteó un cambio de sistema. Sacó uno de los tres centrales, volvió a un clásico 4-4-2, y puso en la cancha dinamita con Rubén Pardo. De nuevo dos delanteros. Estaba sobre el campo el trío de los rubenes, Pardo, Rubén y Arroyo, y sobre la izquierda intentaba el Lugo encontrar el juego, que llegaría por la derecha. Los vascos aguantaban, porque los rojiblancos mantenían el principal problema: atacantes desatendidos. Hacia el minuto 70, no habían probado aún, con peligro, los reflejos del portero Basauri.
Si llegaba un gol, tendría que ser por una genialidad. Y esta salió de las botas de Tornero. Se plantó en la línea de fondo por la derecha, le hizo un siete a Lombraña -caño de tacón incluido- que lo derribó en el área. Con tranquilidad, Rubén Durán mandó a la red el penalti. Se acabó la historia.