CADA VEZ que viajo a Lugo me cuentan que a la ciudad le falta un puente sobre el río, que se lo escamotearon en las promesas electorales de la última primavera. En Lugo no gobiernan os nosos y el nuevo puente sobre el Miño ya tenía establecido quiénes debían ser sus valedores, sus patrocinadores, sus avalistas, sus padrinos. Pero la democracia a veces es obstinada y las promesas se fueron diluyendo tras los fracasos electorales. El caso es que a Lugo le falta un puente, pero también habrá que decir que es la provincia española con menor crecimiento económico en el periodo 1995-2002, la que más población ha perdido, la que tiene una renta del treinta por ciento de la media española y la segunda con mayor población envejecida. Volví a Lugo cuando enero era el corazón del invierno. Lo que quedaba del día se iba deshaciendo en jirones de noche. Al entrar en Galicia intuía desde el automóvil la serena belleza del paisaje que todavía, mimoso, se dejaba mecer por el viento cuando ya la tarde se iba rindiendo despacio, dejándose ocultar entre las sombras anochecidas. Volví a Lugo y a su insolente belleza. El río era una cinta de plata y de grises indolentes. Esa noche, en un hotel lugués, varios altos cargos del poder compostelano contaban los nuevos presupuestos del Gobierno gallego. El todo Lugo político, militancia provincial, aguardaba en el hall del hotel que más parecía el plató de una película llena de extras. Y busqué una cita, una frase de un libro, como hago siempre cuando no encuentro argumentos para interpretar amablemente la realidad, y vino una página de Caneiro a recordarme que «a noite trae a memoria das cousas que tiveron importancia para nós» y Lugo fue desde ese momento la nerudiana residencia en la tierra. Caminé Lugo con la lluvia golpeándome la cara, el Lugo que se yergue donde antes acababa Fingoy, y regresé a la ciudad entre murallas, la ciudad envuelta en el silencio mientras el reloj de la torre cantaba el salmo de la medianoche y el tiempo se detuvo ante nosotros. Un ojo de luz iluminaba la catedral, el charol de la lluvia se iba extendiendo como una alfombra por la piedra mojada de las calles. Lugo sólo para nosotros, para cuatro paseantes heridos por el mal antiguo de la belleza que sale a tu encuentro. Síndrome de Sthendal, mal de Florencia, qué sé yo. Y Lugo me iba regalando la plaza del Campo y toda la Tinería que estaba como de estreno, y comenzaron a acudir otros paseantes que ya habitan la memoria, y vino Fole a recontar las estrellas de aquella noche, y Pimentel nos despidió justo donde la plaza de España clausura su perímetro, y a Celestino Fernández de la Vega me pareció verlo junto al Círculo de las Artes. Y se encendieron de nuevo las luces en los salones del Méndez Núñez, y el espejismo comenzó a desvanecerse. A esas horas ya habría concluido el acto presupuestario. Al día siguiente leí en la prensa que los conselleiros se habían retrasado porque venían de Ourense y todavía el plan Galicia no trajo la autovía que deberá unir las dos ciudades. Ourense tiene más puentes que Lugo. Ambos comparten el mismo río, pero a Lugo le falta un puente y le sobran todas las promesas incumplidas. Hay que tender un nuevo puente con Lugo, de afectos y de cercanías, un puente que una lo que tanto tiempo ha estado separado, Lugo de todos los puentes, de orillas lejanas, Lugo, extrapresupuestario, sin puentes previstos en los próximos ejercicios. O tal vez sí, ya veremos. Pero aquella noche tuve la ciudad que buscaba, la ciudad que se ofrecía como un regalo, un presente inmerecido, que encuentra el viajero cuando retorna. Estoy seguro de que la ciudad me había reconocido. A Lugo le falta un puente.