Una madre

Patricia Blanco
Patricia Blanco EN PEQUENO

VIMIANZO

Imagen de archivo de una madre sujetando la mano de su hijo recién nacido.
Imagen de archivo de una madre sujetando la mano de su hijo recién nacido. EUROPA PRESS | EUROPAPRESS

22 sep 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

En una de esas muchas ocasiones de navegación errática por redes llegué a un vídeo en el que alguien contaba que había tenido que llegar una mujer para solucionar un problema que llevaba años atascado en un mundo de hombres. Cuando le preguntaron cómo lo había logrado, qué método había empleado, ella respondió: «Lo hice como lo haría una madre con sus hijos».

¿Qué sentiría una madre si su hijo desapareciese un día de casa? ¿Y qué sentiría si su otro hijo, apenas adolescente, emprendiendo la búsqueda, atravesase el desierto, sobreviviese a las penurias más extremas, hambre, sed, fuese explotado, maltratado, comprado, vendido, cruzase el mar sin garantías de nada y acabase llegando a una tierra que nunca había estado ni querido en sus planes?

Es la historia de Ibrahima, guineano, y la contó en el castillo de Vimianzo Amets Arzallus, periodista y bertsolari que recogió su duro testimonio, no inicialmente como libro —Miñán—, sino como informe para ayudarle a lograr el asilo. Toda madre querría para un hijo en esas circunstancias que, después de tanta tragedia, alguien lo acogiese o, como mínimo, tuviese para él una buena palabra. Pero a Ibrahima, en un continente supuestamente avanzado, lo condenaron a ser un sin papeles, a desaparecer, a ser invisible, a borrar de él todo rastro, igual que la arena del desierto había borrado sus pasos. Como si por allí no hubiese pasado nadie, como si él mismo no fuese nadie. En estos tiempos de discursos de odio, más que nunca habría que hacer valer lo humano, las soluciones de madre. Tenga el color que tenga, haya nacido donde haya nacido, todo el mundo tiene una madre que sufre igual que lo hace la nuestra. Exactamente igual que nosotras sufrimos por nuestros hijos.