La mayor parte de las casas del pueblo conservan árboles frutales de este tipo, en cantidades pequeñas, por tradición
20 mar 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Será el terreno, un microclima propio o lo que sea pero «algo diferente hai», como dice Mar Trillo, para que A Ameixenda, en Cee, esté todavía a estas alturas de año salpicada por el colorido de las naranjas (también mandarinas y limones). No son grandes producciones, ni siquiera se comercializan porque en la casa que más tienen tres, pero existe una tradición y unas condiciones para que se den los naranjos. «E iso que non se coidan especialmente», añade Trillo, que tiene uno en la huerta de su misma edad, en torno a la treintena.
Así, en el pueblo cuyas raíces traspasan fronteras, por ejemplo, con la pervivencia de algunos ejemplares de burros, con más de la mitad del mes de marzo consumido no resulta extraño ver vecinos recogiendo sus propias naranjas como si se tratase del mismísimo Levante. Ni siquiera se aprovechan todas, porque más que nada los árboles están ahí por costumbre. Eso sí, como explica Yolanda Vigo, que regenta un negocio hostelero en la zona, se intenta mantener ese legado. De hecho, en su finca ya no quedan los naranjos de cuando ella era pequeña pero plantaron otro nuevo y ya luce en la parcela como los de otros muchos vecinos.
Esa abundancia no implica necesariamente que haya mucha afición por el consumo de las naranjas autóctonas, que juegan en desventaja respecto a las comerciales porque «teñen unha tona gordísima», como dice Mar Trillo, y no resultan precisamente sencillas de pelar. Por contra, una vez que se ha superado ese contratiempo el resultado merece la pena, ya que el sabor, y sobre todo el olor, no tiene nada que envidiarle a de la fruta recogida en otras latitudes que sí han hecho de este producto un negocio.
Las otras Ameixendas
Con toda su especificidad, el de A Ameixenda no es el único pueblo de la zona en el que se dan condiciones similares. Hay otro cerca como Caldebarcos (Carnota) también con un clima casi propio, aunque la palma en este aspecto se la lleva la desembocadura del río Grande (Cereixo y A Ponte do Porto). Allí, en su extensa concentración de casas nobles, algunas de ellas venidas a menos o en ruinas, es difícil encontrar una huerta cerrada con altos muros de piedra, que dentro no guarde algún naranjo entre otros frutales, aunque, eso sí, en muchas casos completamente descuidados y creciendo de una manera casi silvestre.
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