Éxodo


En Vimianzo, Cee, Camariñas, Paiosaco o Malpica. Ahí están con su quincalla, sus alfombras y sus sueños observando con sus ojos grandes nuestras dudas. Ellos no tienen dudas. Las han dejado atrás en un desierto sin límites y vientos enloquecidos en el que el sol se broncea al rojo vivo durante el día y la luna se congela durante la noche. Detrás de una duna, otra duna y otra más. Vagaron sobre la inmensa playa del desierto buscando la Ciudad Mágica. La esperanza les partió el pecho en dos cuando traspasaron sus puertas. Todo era un espejismo. Acababa de comenzar una pesadilla peor que la ya vivida. Afilando las dagas del mal, esperaban las mafias a ambos lados de aquel maldito camino que tomaron hace ya un par de años guiados por una estrella que resultó ser un farolillo de neón. Los mafiosos los sientan ante los televisores que retransmiten los canales del norte y allí se intoxican viendo como mujeres rubias bellísimas, compran en supermercados impolutos comida y bebida de todos los colores.

Ven en las prostituidas pantallas, a niños y a niñas limpísimos jugar sin límite con sus ordenadores, tratando de tú a tú a Messi, Supermán y al Capitán América. Hechizados por la putrefacta Arcadia Feliz del norte, entregan a sus verdugos sus ahorros, sus cuerpos y la inocencia de sus hijos. Todo para que los monten en el indomable caballo del mar y los descabalguen al otro lado de las puertas de Europa que se adivinan más allá del horizonte. A las playas llegan sus cadáveres. A los barracones, los resucitados. Y nosotros, hipócritas, cerramos nuestras puertas con doble candado. Algún día llegará su venganza oscura. Seguro.

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