Pánico al espóiler


Dicen los pergaminos que una tarde de 1994 al cantante de Nirvana, Kurt Cobain, le desvelaron el final de Juego de Tronos y se lo tomó regular. El músico de ojos esmeralda cogió la escopeta en vez de la guitarra y se voló la cabeza. Lo siento si así os hago un spoiler de la seguramente próxima película del roquero de Seattle, con Justin Bieber haciendo de Kurt.

En 1994 nos pasábamos los recreos del lunes contándonos las películas que habíamos visto el finde. Cuanto más detalles nos dábamos, mejor. El que había visto Pesadilla en Elm Street era poco menos que un juglar: «… y cuando ella se está bañando ¡aparece la mano de Freddy Krueger en la bañera y la corta en diez!» Exclamaciones, aplausos… nos colocábamos en torno al que narraba la película y no es solo que no nos molestara que nos desvelara el desenlace, es que queríamos saberlo todo.

Este actual pánico al espóiler es el signo de estos tiempos. La forma, en cierto modo, ya no importa, o importa mucho menos que la sorpresa. Y la sorpresa camina a veces por la delicada línea entre lo brillante y lo ridículo, es una moneda al aire. Cuando leí la Ilíada ya sabía que Aquiles moría, cuando vi El Señor de los Anillos sabía que Golum cae con el anillo en el Amon Amarth y los disfruté como un loco.

Las sorpresas están bien, pero si una composición se estropea, si pierde su esencia, solo por recibir información sobre ella es que quizá el producto sea una mierda. No me incomodaría volver a un mundo donde el asesino siempre sea el mayordomo o el bueno siempre gane si me lo cuentan bonito. Espóiler: no pasará.

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