Los verdaderos hermanos sí que están olvidados


La fraternidad es una de las virtudes del ser humano y un sueño, casi siempre, difícil de alcanzar. Cultivarla ahonda en los buenos principios. Por aquí, por el Fisterra, se da bien la hermandad, al menos en las intenciones. Según las estadísticas, nuestros concellos son los que más la practican. Pero no todo es pescado fresco en el mercado. Los números, a veces, engañan. Un estudio de hace algunos años revela que el 50% de los concellos de la Costa da Morte están hermanados: Cabana, con Treize Septiers; A Laracha, con Olonne-sur-Mer; Carballo, con L’Isle Jourdain; Fisterra, con Avellaneda, Sant Andreu y Cadaqués; Corcubión, con Le Grave; Muxía, con La Oliva y Los Barrios, Ponteceso, con Avintes (Portugal), o Vimianzo, con Santa Marta de Tera. La media gallega apenas supera el 26 %.

Son muchos de los hermanamientos por estas tierras occidentales, aunque, en honor a la verdad, algunos fueron fruto de alguna fiebre momentánea, y otros llegaron esporádicos y ahora están muy fríos, cuando no congelados. Hay que destacar casos de Carballo, A Laracha o Cabana, con intercambios muy vivos, fructíferos y colaborativos. Son encomiables.

Sin embargo, a la hora de la verdad, son pocos los casos de éxito real. Aun así, lo que uno echa de menos son las relaciones de hermandad con los auténticos parientes de sangre de la emigración: las relaciones con las comunidades de gentes que tuvieron que levantar el vuelo y cruzar el Atlántico hacia Argentina, Uruguay, Brasil o Venezuela. Gentes empujadas por la necesidad y la miseria, cuando no por la persecución, y que mantienen ese hilo sentimental con su espacio de origen. Esa evocadora huella profunda del hogar ancestro marcado en el ADN mental. Cuando los emigrantes, sus hijos y cualquiera otro con lazos de sangre suficientes para votar en las municipales podían enviar sobres para las urnas, los alcaldes volaban en público, unas veces, y en secreto, otras, hacia las Américas, hacia la mina de sufragios, para sacar el oportuno rédito electoral, ese concejal de más que daba la mayoría absoluta. Cuán estrechos eran aquellos lazos y cómo se prodigaban las palmadas en la espalda, las tardes de churrasco y los actos de hermandad, no se sabe si fingida o real. La sangre tiraba por las papeletas con una gran fuerza, pero cambiaron las tornas y ahora los regidores de la Costa da Morte dejaron de cruzar el charco y a los parientes de la otra orilla no se les envía ni siquiera felicitaciones por Navidad. Somos así. Y mira que la deuda y la herencia es enorme: la fundación Fernando Blanco, la Fundación José Carrera, muchas de las escuelas rurales o las inversiones de Villar Amigo o Benigno Lago, por citar algunas de las más conocidas. Salvo alguna rara excepción, la Asociación Finisterre en América, la ABC de Corcubión, el Centro de Bergantiños en Montevideo, Hijos de Zas y muchos otros colectivos ya no reciben el esmero de otros tiempos. Al no haber votos, se les ha vuelto la espalda, haciendo lamentablemente muy real aquel viejo y triste dicho: «Manos que no dais, qué esperáis». Una muestra clara de que las virtudes siempre exigen sacrificios que la clase política no siempre parece dispuesta a afrontar.

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