Me escribe mi mejor amigo. Dice: «Queridos. Volvemos cincuenta años en la historia. Horrorizado por el espectáculo (nada que ver con forma alguna de piedad religiosa) del cuerpo de mercenarios de la Legión, alzando como un fusil la imagen del crucificado (hombre de paz: «Vuelve la espada a su vaina...» Mateo: 26-520). Avergonzado, al ver a ¡cuatro ministros! cantando el himno necrófilo, inevitablemente me viene a la memoria Miguel de Unamuno, alzándose ante el fundador de la Legión reprochándole el mismo grito que hoy, ignominiosamente, repiten los ministros de un gobierno que se dice democrático. Nada tengo que oponer a las manifestaciones de fervor religioso, aunque no las comparta. Respetemos las creencias de cada uno, pero no con el dinero de los impuestos que pagamos la mayoría de los que nos consideramos agnósticos o cristianos de paz, fieles al mensaje evangélico. Porque, ¿quién paga los viajes, los sueldos, las armas y la cabra de la Legión? ¿No somos un Estado aconfesional? Desde luego parece que no. Perdonad si alguno se siente ofendido, pero es mi laico derecho de expresión que quiero, respetuosamente, trasladar a mis amigos y familiares. Un fraternal abrazo a todos».
Añado yo: ¿Y la bandera? ¿Y ese uso mendaz que le da la ministra Cospedal? El reinante PP se pasa el día dándonos con la Constitución en la cabeza como si esta fuera de su propiedad. Pero su artículo 16.3, dice: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad». Soy cristiano que no católico. Me ofende y avergüenza el uso amoral que este Gobierno hace de la ley.