Adiós muy buenas. Es que ya jamás debiste estar ahí. Nunca. No sé si con la ley de tu parte o no, en estos momentos en que está muy fresco el que algunos se hayan pasado la ley por el arco del triunfo y encima protestan. Desde luego, feo eras un rato, y no me vale que me asegures que de haberte acicalado del todo tu aspecto sería otro. Sin duda tienes razón, pero permíteme decirte con toda franqueza que no me importa nada.
Así que te vas y más o menos voluntariamente. En realidad, entre todos te hemos echado. Pasarás a ser, amigo mío (eso de amigo es licencia literaria), un vulgar escombro, escoria. Nada quedará de tu paso por la Tierra, ni los restos. Y no, no me digas que de mí tampoco porque cuando aventen mis cenizas yo permaneceré en la memoria de algunos y sin embargo la gente querrá olvidarse cuando antes de ti. Pasarás a ser, sin más, una desagradable línea en alguna publicación, quizás una tesis doctoral (donde te pondrán como ejemplo negativo) o una guía de agresiones al medio ambiente.
Por consiguiente, yo gano y tú pierdes. Me amargaste muchas veces cuando mis invitados me preguntaban qué hacías ahí, y salía por peteneras porque, aunque intentaba que no te vieran y señalaba a otras partes hablando del barroco rural o de la fertilidad de los valles, al final, prepotente, hacías acto de presencia.
Pero ahora, adiós, arrideverci, au revoire, goodbye… ¡Por fin fuiste reducida a un montón de escombros, estructura monstruosa de cemento que afeabas el Pico Sacro! Un Pico Sacro que, en fin, pertenece a muchos dueños, como si no fuese lo que debería ser: patrimonio y emblema mágico de todos los gallegos. ¡Hasta nunca, paradigma del feísmo!