Una decisión nada fácil

CARBALLO

No debe ser nada fácil hacerse mayor y saber que antes o después vas a acabar dependiendo de alguien. La vejez nos roba uno de los valores más importantes del ser humano. Por eso comprendo a las personas que se aferran a su soledad, las que se resisten a cambiar su casa por la de algún pariente o por una residencia. Y con un poco de esfuerzo incluso puedo entender que se nieguen a recibir ayuda de los vecinos o de los servicios sociales, aunque no lo comparta. También me pongo en la piel de los hijos que de pronto tienen que hacerse cargo de sus padres, ancianos y muchas veces enfermos, y hacer números para poder atenderlos sin descuidar su trabajo o al resto de la familia. Tampoco debe ser nada fácil. La sociedad cambia a marchas forzadas, mucho más rápido que las mentalidades, y aunque los de mi generación asumamos que lo más probable es que pasemos nuestros últimos días en una institución pública, hace muy pocos años las residencias de mayores no hacían falta porque siempre había algún hijo que se quedaba en casa para cuidar a los padres. Pero tampoco las familias son como eran, y es probable que todavía tengan que pasar unos cuantos años antes de que se redefinan los papeles. Y me temo que eso tampoco va a ser nada fácil.