«La relación con mi padre no fue fácil»

La Voz

CARBALLO

Manuel Calvo asumió muy pronto responsabilidades en la empresa y familiares. P. ¿Tiene la sensación de haber vivido demasiado deprisa? M.C. No tengo la sensación de haber vivido más rápido de lo que quería. Me enamoré pronto y me pareció lo más natural casarme pronto. No me arrepiento, aunque no sé si ella lo hace con tanto viaje (se ríe). En el trabajo agradezco que mi padre fuera un histérico de la responsabilidad y que me diera más de la que podía asumir. Siempre estaba detrás corrigiéndome. Eso me formaba, cuanto más me equivocaba, mejor. Conseguía que todo fuera un reto. P. Dicen que se aprende más del fracaso que del éxito. M.C. Sí. P. Sin embargo, las cosas han mejorado mucho en Calvo desde que usted asumió su puesto. ¿Por qué? ¿Qué fue lo que pasó? M.C. Hemos explicado muchas veces lo que ocurrió en 2006. La situación se había enquistado y el clima era un poco peor. A mis tíos Chicho y Luciano no les faltaban ideas, de hecho Chicho es uno de los que cada día me trae una lata nueva. Lo que pasa es que después de cincuenta años con todo el peso del grupo sobre sus hombros a mi tío y a mi padre se les notaba cierto cansancio. Las grandes empresas te quitan mucho el sueño, sufres mucha presión. No faltaban ideas, sino que hace falta tener una edad para soportar esa presión. Yo no creo que la aguantara con 60 años, ya no con 74, que son los que tiene Chicho. Eso debe ser muy malo para la salud. J.L.C. Yo todos los días vengo a la fábrica, voy a verlas todas, aunque he descargado buena parte de la presión diaria. Esa es la que no te deja. Ahora tengo más ideas. Ahora estoy en la colina viendo el valle y antes estaba en el valle manteniéndome a base de codazos. La tercera generación está tan implicada porque desde que eran pequeños los hemos dejado jugar en la fábrica.

Fui yo el que propuse a Mané (como se conoce a Manuel Calvo) como consejero. Lo vi más preparado después de sus experiencias en El Salvador y Brasil. Le vi grandes cualidades porque a él le pasó como a mi. Mi padre me echaba cinco broncas diarias. Eso te forma muchísimo. Al final de la vida mi padre me escuchaba y me dejaba hacer.

M.C.

Mi padre siempre me dejó hacer. Mi relación con él no fue fácil porque es complicado tener un padre que te presiona tanto. Recuerdo que hace años tenía que comprar gasoil para un barco. Eran negocios de 400.000 euros y cometí un error que no recuerdo. Cuando se dio cuenta, en la oficina, delante de todos los empleados se puso a gritar: «¡Dios, porque me has mandado un hijo gilipollas!». Fue una cura de humildad. Mi relación con la gente con la que trabajaba era de amistad y me riñó como a otro. Entonces te das cuenta de que no eres nada del otro jueves. P. ¿Alguna vez pensó en trabajar en algo distinto a Calvo? M.C. Yo sí, mi padre no. Yo quería ser futbolista, no jugaba mal. Estaba en un equipo de Tercera División y creo que mi padre nunca me vio jugar. Un día vino y después del partido me dijo: «No pensarás vivir de esto». Una de las principales características de mi padre es que no era una persona comedida en prácticamente nada. No medía sus palabras y te soltaba lo primero que se le venía a la cabeza, aunque nunca decía nada con mala intención. Somos cinco hermanos y yo soy el único chico y nací de segundo, aunque solo me llevo 9 meses con mi hermana mayor. Mi padre me cogía y me llevaba a todas partes. Se ve que necesitaba a un tipo que le llevara la maleta, el mechero y los papeles, yo iba de secretario. P. Ha tenido un aprendizaje duro, por lo que dice su tío. M.C. Con 20 años cada vez que suspendía me mandaba un mes al mar en un barco. Ha sido una formación muy de batalla. J.L.C. Yo empecé echando leña a la caldera...