El próximo día 28 se cumplirá el sexto aniversario de la muerte del Alemán de Camelle, seis años de papeleo para poder empezar a recuperar su legado
21 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.A Man le salió mal el último viaje. Murió un 28 de diciembre del 2002, hace casi seis años. El primer golpe se lo dio el Prestige , el mortal. Pero luego vinieron bastante más.
A él, que le hubiera gustado extinguirse, disolverse en el aire como un pájaro, definitivamente le salieron mal las cosas.
Quería, si fuera posible, ser enterrado bajo su casa, en las rocas de Camelle, o que su cadáver se perdiera en el mar como el de un pájaro. Pero el mundo era demasiado prosaico. Y sin Man vivo, pocos parecían dispuestos a luchar por una visión más poética. Acabó, como todo el mundo, en un nicho, con lápida propia y entierro al uso. Las normas, ya se sabe, mandan.
Desde entonces, aquel hombre que vivía en la naturaleza y que al que cuesta imaginar en una oficina, no ha salido de ellas.
Poco pensaba aquel hombre libre que su nombre iba a pasar por plenos, comisiones de gobierno, delegaciones variadas de la Xunta y del Ministerio de Cultura. Y tal vez de otros. Él, Manfred Gnädinger, hubo de acostumbrarse, una vez muerto, a formar parte de mociones, a que le pusieran a su recuerdo cuño con fecha de entrada en el registro, a ser pasto de plazos y licencias, tema de exposición pública.
Una vez muerto no son los pájaros y las olas los que suenan como su eco. Son las voces que lo llevan de un lado para otro. A la notaría, a las oficinas de Hacienda.
La primera en la frente. Su herencia, aquellos 120.000 euros que dejó para cuidar de su obra, se los llevó el Estado. Las leyes están para ser cumplidas. Ni las gracias por los servicios prestados. Lleva su nombre, sí, una casa de la cultura. Cemento y cristal para los vecinos. Aquello iba a ser su museo, pero, mientras la nueva se inauguraba, la suya, la de las rocas, seguía tan sola y abandonada como siempre.
Quién le iba a decir a él que para poder empezar con un proyecto de conservación de su modesta vivienda iba a ser necesario un permiso de Patrimonio, otro de Costas y otro de una nueva Agencia para la Conservación del Patrimonio. Él, para pintar sus piedras de colores, no los había pedido. Ni pagado licencia.
El permiso, por cierto, explica Mercedes Martín, concejala socialista encargada de la gestión del legado -e interesada en que se preserve- no llegará mientras no acaben las obras de prolongación del dique de Camelle. A Patrimonio le pidieron autorización el pasado febrero y aún no hay respuesta. Allí andará Man de despacho en despacho. Le falta este papel, presente este documento, vuelva usted mañana.
La fundación
«La burocracia nos come», reconocía ayer la edila Mercedes Martín. Tal vez haya que ser Man para luchar con ella. Pero no está.
Ahora parece que los papeles van cediendo en su presión y que la fundación que gestionará el legado del alemán está lista para empezar a funcionar.
Se hará escritura pública del acta fundacional el próximo día 28, a las doce de la mañana en el Concello de Camariñas. Habrá un encuentro de artistas y hablarán aquellos de Camelle que conocieron a Man.
En enero o febrero llegarán los expertos en restauración. Del museo Thyssen, del Reina Sofía. También los que trabajaron en el Pórtico de la Gloria. No es de extrañar que haga falta su consejo tras seis años de abandono.
Lo primero que se hará -se supone, solo se supone, que a principios del año que viene- es iniciar las tareas de conservación. Sobre la restauración se hablará luego. Hay entendidos que dicen que los de Man es Land Art y, por lo tanto, efímero. Otros creen que el alemán era, más bien, de otra escuela, y por ello menos efímero.
El legado
En cualquier caso hará falta un gran número de expertos para dejar aquello como estaba. Y eso que el cemento y las pinturas que él usaba no era, digamos, propios de delicados frescos.
Cuenta Mercedes Martín que la obra que dejó Man es ingente y está ahora mismo a buen recaudo. Hay ya una parte -muy pequeña, por ahora- traducida y otra que está siendo escaneada para tenerla en archivos digitales. «Hay miles de fotos, miles de escritos, hay muchísimo», dice Martín.
Durante años, la casa de las rocas permaneció abandonada y los curiosos no tenían problema alguno para asomarse a ella y ver el rebumbio que reinaba en su interior.
Sin vigilancia y sin cuidados, aquello se fue deteriorando. Los vecinos -una parte de ellos al menos- guardan en la memoria una imagen de Man bastante más viva que los colores que quedan en las rocas, en sus rocas.
Ni las ayudas que llegaron para conservar su patrimonio, ni su dinero -que no era poco para mantener una casa de las dimensiones y el lujo de la suya- ni las buenas intenciones de algunos sirvieron para que su legado y su memoria salieran del olvido durante seis años.
Ahora parece que la cosa empezará a cambiar. Tras 72 meses de olvido muchos se permiten dudarlo. Habrá que ver si antes dan licencia, permiso, si no hay alegaciones, si no falta ninguna firma, si la Xunta aprueba lo que antes tuvo que aprobar la alcaldía, la xunta de gobierno local y el pleno con el informe favorable de los técnicos. Y eso si Costas, o el Ministerio de Medio Ambiente, no dan informe negativo. Porque entre tanto papeleo tal vez falte algo, quizás el DNI de Manfred Gnädinger, o su partida de nacimiento.
Lo que está claro es que si pudiera ver todo lo que se ha montado en torno a su figura, es bastante posible que desease seguir donde está ahora, descansando, no como un pájaro, no entre las rocas de su adorado Camelle, pero por lo menos sin hacer cola en una ventanilla de registro para que le pongan el siguiente cuño para mantener vivo su legado y su memoria.