ARA SOLIS | O |

14 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

LEO DE Rozmital dejó, con valentía, su Bohemia natal en 1467 para emprender un singular peregrinaje a través de Europa. El noble checo se marcó un auténtico interrail y, cual mochilero, se arrancó a conocer y recorrer el continente. Pasó por un buen número de cortes y charló, seguramente, con reyes y colegas de sangre azul bien poderosos y avanzados. El hombre atravesó Alemania y Francia en su misión europeísta y pacifista. Después atravesó España, de este a oeste, y llegó al final de su viaje. ¿Dónde estaba la meta? Pues donde iba a estar. En Fisterra. Cuentan las crónicas que el diplomático checo se topó el lugar en obras. La hidalguía provincial anunciaba entonces la mejora del entorno del faro. Al lugar llegarían ya bastantes peregrinos y lo más probable es que el ducado o parroquia de turno quisiese sacar tajada. Dicen que había un chiringuito donde vendían recuerdos, y que la gente meaba de campo porque no había aseos donde recoger las aguas. Seguramente por granjearse la simpatía de tan gran señor la nobleza local le prepararía una buena recepción, bien surtida de empanada y de pulpo a la gallega a pie de faro, para seguir luego despachando unas lubinas regadas con albariño de algún monasterio. Dicen que algún pintor local debió sacar retrato del histórico momento, y que el de Bohemia gustó de los pescados, que se trapicheaban a espaldas de la lonja mientras la cofradía miraba para otro lado. Son cosas que cuentan. Dicen también que el noble señor gustó algo de la zona, y que un promotor de la época le ofreció antes de irse unas tierras a pie de playa para hacerse un buen palacio. Y que no se preocupara de la licencia que ya se encargaba también él de todo. Fue por entonces cuando la nobleza local le encargó a Portela un cementerio, gran obra de arte, que iba a llevar su tiempo. El checo se fue a su casa y, que se sepa, no volvió por allí.