ARA SOLIS | O |

01 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

POR MÁS que lo intento no logro imaginarme una Costa da Morte mejor comunicada. Cierro los ojos, pongo la mente en blanco e intento ver una comarca con futuro. Pero nada, no me sale. Sólo soy capaz de visualizar la AC-552 repleta de baches parcheados y, a veces, con mucha suerte, vislumbro un asfalto un poco mejor, pero nada más. En mi cabeza, las curvas, todas, siempre siguen en su sitio. Igual que esos puntos negros en los que todos los años ocurre alguna desgracia de primera página. De verdad, por más que lo intento -y lo hago a menudo- no logro imaginar una Costa da Morte más segura y mejor comunicada. Como siempre he sido muy bien pensada -ingenua, aseguran algunos- me fío al cien por ciento de las recientes promesas de Emilio Pérez Touriño. Pero ni con esta fe ciega logro visualizar una autovía, ni un corredor, ni una carretera en condiciones -en buenas condiciones, quiero decir- y tampoco las circunvalaciones de Cee y Carballo. Sólo veo los atascos de siempre, los peraltes de siempre y las líneas continuas de toda la vida. Y eso que creo en la palabra del presidente de la Xunta. Creo en su palabra cómo antes creí en la de Manuel Fraga y sus conselleiros cuando decían que la autopista AG-55 (Coruña-Carballo) sería gratuita o cuando prometían, en el Plan Galicia, una vía de alta capacidad para la comarca. Pero ni fiándome del presidente logro imaginar una Costa da Morte mejor comunicada. Porque me da en el alma que el año que viene, cuando toque incluir en los Presupuestos los 217 millones euros ya prometidos, pasará cualquier cosa, un imprevisto cualquiera, y tendremos que aguantar unas cuantas décadas más con nuestra vieja AC-552. Ojalá me equivoque y la futuras comunicaciones de la Costa da Morte no sólo dependan de mi imaginación.