Sin herencia intelectual

| EDUARDO EIROA |

CARBALLO

SI EL alemán de Camelle levantara la cabeza volvería corriendo al nicho. Desde que murió aquella personificación de una filosofía y de una forma de vivir, en torno a su figura se ha montado una feria. La memoria del hombre del taparrabos, ese que vivía en comunicación con la naturaleza, se consume entre absurda burocracia, desinterés y desprecio a su legado. A los muertos, en general, se los respeta. A Man no. Su muerte tiene tintes de derrota. Como si después de 40 años de lucha, de asedio, sus enemigos pudieran ahora, como hacían los vencedores con los pueblos conquistados, repartirse sus depojos. Sus millones para el Estado. Sus dibujos y sus papeles, para un almacén, y alguno que otro para recuerdo de turistas a la rapiña. Lo peor no es lo que se hace con su legado material, sino la falta de respeto por lo que significó y la falta de miras para sacarle jugo a esa herencia intelectual.