ARA SOLIS | O |
25 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.ALGUNOS, LOS menos, estarían aprovechando los últimos instantes de la movida nocturna. Otros estarían de regreso a sus casas. La mayoría estarían durmiendo plácidamente cuando, zarandeándolos en sus camas, el terremoto del domingo fue despertando a los vecinos de la comarca. Aún no estás plenamente consciente. Todavía somnoliento, vas abriendo los ojos porque algo te inquieta. La cama en la que tan a gusto descansabas se mueve, también las lámparas, los cristales de las ventanas retiemblan, igual que el resto de la casa. Esperas un instante a ver si todo se vuelve a calmar. Y sí. En un momento todo parece volver a quedarse tranquilo. Te levantas de la cama y ves que no eres el único sobresaltado; el resto de la familia también lo ha notado. Vuelves a la cama porque estamos a domingo y son alrededor de las siete y media de la mañana. Pero eres reacio a volver a quedarte dormido, en parte porque eso de que el suelo que pisas se mueva siempre te deja un pequeño susto en el cuerpo. En parte porque tienes el presentimiento de que puede haber otro temblor. Así fue, unos quince minutos después del primero hubo otro, éste de menor intensidad. Finalmente, ese movimiento sísmico que tenía su epicentro mar adentro, y cuyas ondas se propagaban haciendo temblar toda la comarca, se detuvo. Al fin concilias el sueño. Por la mañana, al levantarte, el terremoto es tema de conversación general. Desde el sermón del cura en la misa a las tertulias de las tabernas o cualquier otro lugar en el que confluyese más de una persona. Y, cuando esto ocurre, uno no puede dejar de escuchar a los mayores: «Parece mentira que algo tan firme, tan sólido, coma o chan, poida empezar a abanear dese xeito». «¿Que pasaría, como quedaría todo si viñera un máis forte?» «Temos moita sorte, porque aquí polo menos non veñen cargados de desgrazas como noutros lados».