ARA SOLIS | O |
28 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.A ANA le da un vuelco el corazón cada vez que descubre a alguien que lleva puesta la colonia Polo Sport, de Ralph Laurent. Le recuerda a un ex novio del que estuvo perdidamente enamorada y siempre que la olfatea, por muy feo que sea el que se la haya puesto, mi amiga Ana asegura que ya le ve un atractivo. «Debe de ser que el aroma me nubla la vista», dice divertida. A mí me pasa justo lo contrario. Hay cierta gente a la que cada vez que la huelo, me da un vuelco, pero de estómago. Incluso soy capaz de distinguir quién apesta porque no se ha lavado y quién parece una mofeta porque hace meses que no mete la camisa en la lavadora. Y conozco unos pocos casos en los que las dos características van unidas. Francamente, a estas alturas de la historia -cuando casi el cien por ciento de la población tiene agua en sus casas- no entiendo por qué todavía hay quien no se ducha todos los días y, ya puestos, repite modelito, sin importarle ir dejando un rastro que haría las delicias de un sabueso en prácticas. Algunas de estas mofetas ocupan puestos de los denominados «de cara al público», gustan de besar y abrazar al primero que se le acerca y no tienen ningún pudor en criticar a todo el que se le pone delante. A uno de ellos, con el que afortunadamente coincido muy de vez en cuando, parece que también se le ha olvidado que el pelo puede mojarse -y, por tanto, lavarse- y debe de pensar que el cepillo de dientes es para rascarse la espalda. Y si alguien se da por aludido -ojalá- le recomiendo que se dé una vuelta por la sección de perfumería y droguería del nuevo Carrefour. Descubrirá una amplísima gama de jabones, geles, champús, desodorantes, detergentes, suavizantes e incluso ambientadores. La mayoría de estos productos mezclados con agua, lo juro, dan resultado.