ARA SOLIS | O |

02 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

HACE UNOS días, por primera vez y creo que última, me llevaron a cenar a un restaurante japonés. No les diré el nombre porque, francamente, la experiencia, aunque única, no es digna de repetirse. El local estaba completo y tal debe de ser las ganas de aventura de los coruñeses que tuvimos que reservar la mesa con varias semanas de antelación, lo que demuestra que lo exótico debe de estar de moda. Éramos un grupo grande, así que nos sentaron en una mesa en forma de u. En medio, un cocinero chino -lo confesó, era chino, no japonés- con una cinta en la cabeza a lo Kárate Kid , demostró, sin perder la sonrisa ni un momento, su pericia en una plancha enorme. Movía dos espátulas con una rapidez alucinante -supongo que ensayada-, así que cada plato -minúsculo e indescritible- llegaba a nuestras bocas previo espectáculo de malabarismo. Lo que estaba cocinado, claro, porque la mitad de los alimentos -pescado en su mayoría- no los sirvieron crudos. Lo mejor de la noche, sin embargo, era el espectáculo que provocamos los comensales. Hubo un momento en el que el chino cocinero extendió un huevo en la plancha. Con movimientos hipnotizadores lo convirtió en una especie de filloa que, a continuación enrolló hasta convertir en un finísimo tubo de huevo. Y ahí comenzó el espectáculo. Lo partió en trocitos y con la espátula empezó a lanzárselo a los comensales. Como lo leen. Los que allí estábamos nos convertimos en focas de circo que debíamos atrapar los cachitos de tortilla al vuelo. ¡Y con la boca! El resto pueden imaginárselo. Cuando el chino encestaba el restaurante en pleno rompía a aplaudir y a jalear a aquel falso cocinero japonés. Salimos de allí alucinados, oliendo a fritanga y con 50 euros menos en el bolsillo (sí, por cabeza). Ahora entiendo por qué el chino se reía tanto.