ARA SOLIS | O |
28 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.ESTE VERANO mi familia adoptó un gato. El bicho apareció una tarde, desnutrido y desesperado por comer. Y así, lo que comenzó con un tazón de leche, se convirtió en una relación de cariño mutuo. Poco a poco, el gato se hizo con un hueco en la terraza y, como era más listo que el hambre, también en el sofá. Justo antes de que se convirtiese en el rey de la casa decidimos ponerle un nombre. Primero, porque nos hacía gracia, le llamamos Bacalao. Después Jonhy Walker, porque tenía los mismos andares que el muñeco de la botella de güisqui. Mi madre optó, sin embargo, por denominarlo Marifló -nunca sabremos por qué- y mi hermana Misifú -otro misterio-, pero quien dio en el clavo fue uno de mis sobrinos justo después de que el bicho, aprovechando la confianza, se zampase la cena que nos esperaba en la cocina. Desde entonces pasó a llamarse Jodido Gato. Jodido para los amigos. Casi al mismo tiempo que era bautizado descubrimos que Jodido no era un gato callejero, ni huérfano, sino que había sido el regalo de Reyes de la vecina de la casa de enfrente. Sarita, que así se llama la niña, se cansó pronto del animal y sus padres, como su hija, también pasaron del bicho. Y él se buscó la vida.? Hoy, casi cuatro meses después del primer encuentro, Jodido es un gato rollizo -llegó desnutrido, pero pronto ganó kilo y medio, que se dice pronto-, juguetón y mimado que devuelve el cariño en forma de ronroneos y roces galantes en las piernas. Un bicho al que le gusta dormir al sol y que de vez en cuando, haciendo gala de una chulería insultante, vuelve a su primer hogar para pasearse como el Jonhy del güisqui delante de aquellos que su día lo abandonaron. El problema es que toda la familia estamos esperando ya cuál será el próximo capricho de Reyes de Sarita. Espero que esta vez se pida una bicicleta.