Diplomacia

LUCIANO CAPURRO

CARBALLO

ARA SOLIS | O |

31 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

MI AMIGO Paco do Souto me escribe desde Saint Paul, capital de Minnesota, donde se hace llamar Pacus O'Brian y pasa por funcionario de la ONU. Calza mocasines cosidos a mano por artesanos sicilianos y sus trajes se los hace encargar en Londres, a un reputado sastre de Bond Street que lo midió un día como para hacerle un ataúd y que también le manda las camisas a Boris Yeltsin. Paco do Souto me escribe para contarme que las cosas ya no son lo que eran, y que antes se valoraban más el ingenio en el hablar y las buenas maneras. De joven, él posaba en la feria de ganado de Monterroso, a donde acudía como tratante, con los gestos del David de Miguel Ángel, y sacaba mejor precio a las vacas por esa elegancia natural con la que embaucaba a las señoras de los curtidos compradores. Una, de nombre Saladina, le hizo acariciar el cielo en un palleiro de Samos. Con el paso del tiempo se hizo hombre refinado y adoptaba en sociedad las poses de Monsieur Bertin pintado por Ingres. Se confesaba monárquico y estudiaba sus discursos releyendo los de los maestros clásicos de retórica. Así fue como dejó la venta de ganado y acabó sin quererlo vagando por el dulce mar de tibia miel de la diplomacia internacional. Hasta estuvo a punto de casarse con la hija de la condesa de Haussonville, cuando, durante una recepción oficial en Nápoles, recogió del suelo un pañuelo imitando el gesto del Discóbolo y se lo entregó como un Napoleón de David. Pero eso era antes. Me dice en su carta que ahora todo se ha profesionalizado y que al querer entrar en el consulado de Brasil, donde reciben los martes, le pidieron el pasaporte y la invitación. Me cuenta que hasta lo andan mareando con los galones inventados de su laureado currículo.