ARA SOLIS | O |

30 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

DURANTE las largas noches de juergas, ésas en las que es muy fácil perder la noción del tiempo -y de las copas-, mis amigas suelen intercalar siempre el mismo chiste. Según ellas, cuando a Franco le dio por inaugurar pantanos inauguró también mi vejiga porque, cuentan mis amigas -y de ello doy fe- soy capaz de pasar la noche sin pasar por ningún cuarto de baño. Mi capacidad de contención se debe, sobre todo, al repelús que me producen ciertos urinarios públicos y, quizás, al estado de concentración y control total que soy capaz de lograr con dos copas y un poco de baile. Bromas aparte, en realidad, se trata de una cuestión de entrenamiento obligado. Me explico: en cualquier fiesta, playa o romería popular es prácticamente imposible encontrar un baño público. O se mea de campo, o no se mea. Los ayuntamientos de la zona aún no han espabilado y, en la mayoría de los casos, no han dotado a los principales arenales de esas casetas que a más de uno le librarían de una situación comprometida. Y no sólo los concellos, parece que las comisiones de fiestas todavía no se les ha ocurrido que más importante que la orquesta es dar comodidades a los asistentes. Eso, o cualquier día se desborda el pantano.