La sintonía inexistente

| CÉSAR WONENBURGER |

CARBALLO

CRÍTICA MUSICAL

04 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

DENTRO del ciclo de la integral sinfónica mahleriana que la OSG se propone culminar este mes, le ha tocado el turno a una obra inexistente. La Décima Sinfonía de Mahler es una ficción, tal cosa no existe. A su muerte, es cierto, el compositor dejó un movimiento completo -el célebre Adagio- de lo que se suponía que iba a ser su décima sinfonía y, también orquestados, 28 compases del tercero. El resto eran unos esbozos de lo que podría llegar a constituir la obra. Años más tarde, basándose en el manuscrito que conservó su viuda y por encargo de ésta, varios compositores consideraron la posibilidad de hacer de adivinos para rellenar los huecos de la partitura y orquestar al completo la sinfonía. Shostakovich se negó, pero Deryck Cooke, un musicólogo, decidió asumir la tarea. A partir de ahí, otros, como el también musicólogo Mazzetti decidirían a su vez publicar sus propias versiones. A Mazzetti, en concreto, se le deben dos. La segunda, que López Cobos estrenó en Barcelona en 1999 y grabó con la Sinfónica de Cincinatti, en un excelente registro, es la que se ha podido escuchar ahora como Décima Sinfonía de Mahler, algo, que, conviene repetirlo, sencillamente no existe. Por tanto, lo más interesante de este concierto ha sido el trabajo de director y orquesta al recrear una música supuestamente inspirada en los designios de Mahler, más que la obra en sí. De esta última puede decirse que resulta una suerte de popurrí de las anteriores sinfonías de Mahler, en lugar de esa muestra abierta a nuevos caminos expresivos (que es lo que podría esperarse después de la Novena ), algo atribuible al propio compositor, pues suyas son las principales ideas desarrolladas, y al propio Mazzetti, en su afán por atenerse al espíritu del compositor allí donde sólo pudo hallar esbozos, apuntes, notas. En cualquier caso, López-Cobos, defensor del trabajo de Mazetti, se ha aplicado con rigor y esmero a la analítica traducción de estos pentagramas para ofrecer una interpretación verdaderamente importante, en la que, a falta de esa auténtica pasión que siempre se le suele echar en falta al maestro zamorano, la serena y profunda búsqueda del matiz, del detalle orquestal, la lección clarificadora, su sensibilidad, se imponen sin duda por encima de cualquier otra consideración. Su inteligente y objetiva lectura obtuvo una formidable respuesta orquestal, con ovación final para él de los propios músicos. A lo largo de estos últimos años, ambos han logrado desarrollar una relación de complicidades, confianza y excelentes resultados. Lástima que no pueda ir a más, como en algún momento llegó a insinuarse.