PASABA POR AQUÍ
09 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.LA MATERNIDAD llama a mi puerta de vez en cuando, como las vendedoras de Avón. Es algo tan hormonal que soy incapaz de controlarlo, así que durante unos días miro embobada todo cuanto pequeñajo hay a mi alrededor. Es sólo cosa de días. Habitualmente, la puerta de la maternidad se cierra cuando pienso en el trabajo -demasiadas horas para compatibilizarlo con un enanito llorón-, la vida social -de momento, los amigos ganan a los locos bajitos- y el posible padre de la criatura -mejor sola que mal acompañada-. Pero, sobre todo, me aterroriza que el parto me pille por la tarde, que llegue al hospital y el anestesista se haya ido y no puedan ponerme la epidural. Francamente, el hecho de que la falta de medios me provoque un dolor indescriptible es el responsable de que cuando la maternidad llama a mi puerta yo siempre eche un vistazo por la mirilla y dé media vuelta.