SON POCOS e insuficientemente pagados. Los necesitamos por las noches y de mañana, en las fiestas y en los accidentes, en los atascos y cuando a alguien se le ocurre tomar por asalto los bienes ajenos. En ocasiones corren peligro y arriesgan la vida. Y ahí están, al servicio de los ciudadanos. Sin rechistar y sin decir esta boca es mía. Eso cuesta. Deberían disponer de los mejores medios para su trabajo y, a veces, tienen que arreglárselas con auténticas chatarras. La seguridad cuesta dinero y no puede depender de unas míseras primas discrecionales.