28 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.
Las fiestas de niños siempre me gustaron mucho. Será por ese ramalazo de nostalgia que me invade cuando los veo disfrutar sin mayores preocupaciones. Y es que el que se inventó la vida de adulto, creo yo que no sabía muy bien lo que se hacía. Lo digo de buena tinta porque el jueves estuve más de tres horas peleándome con la declaración de la renta. Y era el sistema simplificado. Menos mal. Estas celebraciones me recuerdan mi infancia. Entonces me gustaban las piñatas. Ahora soy consciente de lo insconsciente que eran mis padres, que me daban un palo sabiendo de mi disincronía corporal. Todavía me asombro de que mi hermano luzca en sus ojos lentillas y no un parche de pirata.