La teoría del todo


Abro la ventana. Hay caminos en mi pueblo por los que no hemos vuelto a pasar desde niños. Probablemente ya no estén repletos -o sí- de silveiras, moras y baches. Eran los caminos del verano. Los que ahora recuerdo mientras llueve. Recordar es un canto a la vida, a la realidad y al dolor que configuran nuestra existencia. Una infancia en Ribeira, tan única como todas, donde se mezclan sin agitarse bicicletas, hórreos, vacas y el concepto del verano interminable… engendrando un hipnótico paisaje mental del que nunca terminamos de marchar.

 Abro la puerta. Es importante recordar. En este mundo posmoderno que predica los viajes, los cambios, el movimiento perpetuo… no, el amor florece en la quietud, donde somos temporalmente eternos. En aquellos veranos donde hacíamos lo mismo todos los días muchas veces. Cierro la ventana. Amontono aquí palabras como habichuelas. Sobre este papel soy una vela que se consume lentamente, una hoja de afeitar que rebana sordamente la sotabarba del tiempo, la lucha de los ojos contra las lágrimas, soy un hombre oculto en un hotel de Moscú esperando una misión que no llega. Soy tantas cosas, que no soy nada.

Y, sin embargo, estoy bien así. Abriendo y cicatrizando ventanas. Escudriñando la estrella en que zarpas, vida, cuando cierro con llave la puerta al anochecer. Escucho el pan de Sinda crujir e imagino las manos de mi abuelo. Hay vida en Venus, ayer los saludé con una linterna, me devolvieron el saludo en una noche del verano de 1992, los relojes no saben nada del tiempo. Recuerda, amigo mío, solo una cosa importa: todo.

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