A las gallinas

Emilio Sanmamed
Emilio Sanmamed LIJA Y TERCIOPELO

RIBEIRA

Antes de que en Ribeira hubiese contenedores de colores, en casa de mi abuela ya «reciclábamos». Teníamos una bolsa de basura normal y otra bolsa «para las gallinas», a esta última iba a parar cada resto orgánico que uno pueda imaginar, porque las gallinas de entonces lo devoraban todo con gallinácea furia. Y yo, que de niño era un comedor horrible, agradecía poder echar parte de mis inconclusos platos a aquellas aves galliformes que no hacían ascos ni al repollo.

Ahora que soy un comedor total, cuando bajo con el comité de náufragos del parque me dicen que debería dejar la cerveza para bajar barriga. Tengo tantas cosas que quitarme de encima que me molestan más que la barriga… Desde que no hay en mi casa bolsa para las gallinas he ido acumulando la cochambre que antes daba a esos seres omnívoros, «repollovívoros» y casi mitológicos. De niño todas mis penas se las comían las gallinas; claro que eran penas vegetales, livianas. Los veranos eran eternos y el canto del gallo no era una alarma del móvil.

Cuando creces y pierdes -o te roban- la esperanza de caerte bien a ti mismo se te hospeda un mar triste de peces espada entre la hipófisis y los pies. Cortan. Antes se los comían las gallinas. Hiere, negra espina, no pasa nada. Todos fuimos irrompibles hasta que nos rompimos. Las cicatrices de los abatidos cuentan más cosas que la luz de los héroes.

Habla con esos triunfadores de la vida, verás que la mayoría son unos cretinos. No te culpes mucho si te faltaron huevos, fue porque ya no había bolsa para las gallinas, ni gallinas que picotearan los «demasiado tarde».