Yo era un crío y mi padre era presidente de la Asociación Renacer, una asociación de ayuda a toxicómanos. Paseábamos de la mano por Ribeira y era frecuente que algún drogodependiente se nos acercase para charlar con él. Me daban muchísimo miedo, mi niñez detectaba confusamente que algo no estaba bien con ellos. Cuando llegábamos a casa le decía a mi madre: «Mamá, no me gustan los amigos de papá». «No son malos, están enfermos, pero son personas normales», me contestaba, y me prometí que la próxima vez yo también iba a hablarles, como hacía mi padre. Al hablarles perdí el miedo y empecé a hacerlo asiduamente. Tras años de conversaciones con ellos me he dado cuenta de que una de las cosas que más ansían es ser escuchados, como personas normales que son.
No sé si se acordarán de La Sole, una chica que deambulaba por Ribeira con una chupa de cuero, bajita, noctívaga, pelirroja, y con la contumaz sonrisa de los huesos que se parten en alma. Yo le insistía: «un día te invito a tomar algo y me cuentas lo que quieras». «¿Para qué?». «Para escribirlo». Y a ella le daba la risa: «¿Y quién lo va a leer?». Nunca lo cumplí.
Cuando La Voz me ofreció ser columnista, la primera persona en que pensé fue en La Sole. Me han contado que merodea por un súper en Santiago. Llevo unas semanas pasando por ahí pero nunca la veo. Seguiré intentándolo, creo que Soledad merece que el mundo escuche su pequeña historia y yo debo reducir mi cuota de promesas incumplidas. Además esta vez podré responderle cuando me pregunte quién lo va a leer: puede que usted, querido lector.