Tripas

MAXI OLARIAGA

NOIA

DESDE FUERA | O |

07 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

ESTÁ NOIA, mi pueblo amado, invadido por la mecánica ruidosa y amarilla de las máquinas excavadoras, los martillos mecánicos con sus taladros de acero que horadan sus entrañas aquí y allá. Poblada por tanquetas con su cucharón dentado que recogen los destrozos de las calles heridas. Camiones que se llevan las viejas piedras, los cementos, los hierros y la tubería envejecida por los años. Está mi calle expuesta a los aires, como un cadáver al que se practica la autopsia. Sus entrañas abiertas de par en par descubren sus miserias y los cirujanos hurgan, sajan, drenan, fotografían y anotan un viejo tumor aquí, una artería ocluida allá. De todo se deja constancia antes de cerrar la herida. El gran corte que de pies a cabeza se abre camino arriba bajo mi ventana. Me alegra estar vivo para ver anestesiada mi calle, tendida en su camilla de cemento con sus vísceras mojadas por la lluvia que no cesa. La sangre de mi calle, de mi pueblo, mana a borbotones de sus viejas arterias. Un barro viscoso, ennegrecido por la polución del combustible y por el tizne del humo negro que regurgita la maquinaria, busca mundo abajo el mar como si en él quisiera purificar la miseria amontonada por los años bajo su piel. El mar, ¿qué mar?, espera al abrigo del malecón. Es otro cadáver, putrefacto, tendido e inerme bajo el cielo gris del invierno. Así se cumplen las palabras del Nazareno: «Dejad que los muertos entierren a sus muertos». Cuando los cirujanos hayan detenido la hemorragia. Cuando los drenajes amanezcan secos, sin depuración alguna. Cuando los últimos hebrones de sutura sean llevados por los gorriones para levantar su casa en primavera, si se recupera, mi calle vestirá su traje de domingo. Desde el suelo me verá desaparecer, mineral como ella, sobre una cama de hombros camino de las estrellas.