Fiestas para todos


Nada hay que objetar al nuevo gobierno municipal, en plena fase de adaptación y que, me consta, pone empeño en ello con la dedicación de muchas horas, y también que hay tiempo para ello. Pero, precisamente por esto, por ser un equipo nuevo y tener tiempo, hay que pedir una reflexión sosegada sobre las fiestas de verano en Boiro. Y aún cuando no se han apagado los ecos festivos de estos días, me gustaría poner algunas cuestiones encima de la mesa.

En primer lugar está la ubicación, causa por la cual son muchas las personas que los días de fiesta se marchan a casas de familiares, a segundas viviendas o hacen una pequeña estancia fuera. Se mire por donde se mire, la realidad es que las fiestas constituyen un calvario para ellos: problemas para aparcar, para acceder, suciedad y, sobre todo, un infernal ruido que impide el derecho al descanso de los que trabajan o están enfermos.

Capítulo aparte merecen las atracciones. Generan suciedad, la mayoría no respeta nada y el nivel de sonido es atronador. Un caso especialmente cuestionable son los que hacen vida en sus puestos: es el único sector donde parece existir la obligación de facilitarles un lugar para ubicar sus viviendas. El resto de los mortales tiene que tirar de lo que ofrece el mercado. Instalan puestos en lugares no aptos, ponen reclamos en medio de la vía pública, abren sus compuertas en horario laborable dificultando la circulación,…

Lo de los contenidos es para gustos y lo razonable es que exista un equilibrio que dé satisfacción a todos. Es verdad que las grandes orquestas atraen público, pero no es el público que más gasta.

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