Parece que últimamente me haya dado por abrir el arcón donde atesoro los momentos que han marcado a hierro candente mi discurrir por el tiempo. Créanme si les digo que no existe premeditación en este recreo por las ruinas de mi memoria. Quiero pensar que es una especie de autodefensa para no ahogarme en mi propia bilis, que tiempo habrá para ello con la que está cayendo. No ha llegado todavía el momento en que este sospechoso se plantee dar un paso al lado, solo deseo acariciar momentos que probablemente no volverán.
Quizá por eso retornaron mis huellas no hace mucho al paseo marítimo, devolviéndome imágenes de otro tiempo; momentos que todavía flotan entre los pinos de Pedregales: instantes chamánicos.
Cierro los ojos y todavía huelo el humo de la hoguera; siento el crepitar de las llamas entre la madera traída por la marea. Si afino bien el oído todavía escucho el rasgar de la guitarra y los ecos lejanos de grandes carcajadas. Siento la arena en los zapatos y el abandonarse hacia el éxtasis solo con el roce de una mano contra otra. Por todo techo las estrellas o el temporal, como el pirata de la canción de Espronceda, indestructibles pero, por qué negarlo aunque suene a viejuno, con cierto punto de respeto dentro del desenfreno.
Momentos chamánicos, sin duda, que quizá no convenga mostrar en una feria del turismo aunque sean mi mayor tesoro. Momentos que día a día se precipitan al abismo, pero que para mí se quedan y que no cambiaría por nada del mundo. ¡Ay de aquel que no vislumbró al menos un instante al chamán que se esconde en sus adentros!