La semana pasada, a la aplicación del Sergas le dio por modernizarse, el sistema mandaba desinstalarla y volver a instalarla
09 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.La semana pasada, a la aplicación del Sergas le dio por modernizarse, el sistema mandaba desinstalarla y volver a instalarla. Pero si una vez desinstalada, la persona no había reintroducido manualmente las tarjetas, te dejaba tirado. La modernidad llega siempre como un fontanero del seguro: sin avisar, te cambia la tubería que no era y te deja sin agua. Esta actualización dejó la imagen de personas, especialmente gente mayor, mirando el móvil como quien observa un insecto palo. «No abre», «no deja». La aplicación del Sergas se transformaba en el portero de Apolo, el pub al que más me negaron la entrada hace tantos años: «Usted no pasa».
Es la vieja falacia de confundir digitalización con progreso, una forma elegante de trasladar la carga al usuario. Antes se podía exigir al sistema ser claro, ahora se exige que el ciudadano sea hábil. Ya no basta con existir, ahora hay que actualizar.
Odio a las máquinas tanto como John Connor, odio las barreras con contraseñas. El mensaje de la administración es claro: si usted es anciano, adáptese. Y mientras en el mostrador, nosotros, los farmacéuticos, vamos intentando con mejor o peor suerte hacer de traductores simultáneos entre el mundo de los códigos QR y las manos que comienzan a temblar un poco.
Cada vez que ayudo a desbloquear una pantalla siento que, como sociedad, hemos confundido avanzar con correr gritando “tonto el último”. Estamos dejando a gente atrás. Modernizar no puede quedarse en añadir capas, necesitamos quitar obstáculos. Necesitamos recordar que un sistema público tiene que saber hablar despacio.