Te escribo porque sé que no estás bien. Te noto cansado, exhausto de una carrera que no lleva a ninguna parte, y lo peor es que intuyes que te hemos estafado. Tienes razón: la culpa es nuestra. Soy parte tardía de esa generación que te educó en la sospecha, que te convenció de que la verdad no existía, que todo era relato, construcción o poder que había que derribar. Te dimos filósofos Mr. Wonderful y la droga dura del relativismo, diciéndote que la libertad era no tener raíces, despreciar los vínculos y la tradición.
Mañana verás que, aunque te dijimos que la verdad era una ficción, tu sufrimiento es real. Esa es tu única certeza: te duele la vida. Te empujamos a consumir experiencias y cuerpos, a vivir a la intemperie moral, mientras nosotros nos escondimos en empleos aburridos pero fijos y certezas burguesas. Jugamos a ser radicales con tu biografía, no con la nuestra. Te enseñamos a despreciar la «normalidad» —familia, casa— como si fueran cadenas. «Ya habrá tiempo», dijimos, y ahora ves que eran un refugio, pero para ti son un lujo.
Lo más trágico no es solo tu precariedad, sino el atraco espiritual. Al robarte palabras como bien o justicia, te dejamos indefenso. ¿Cómo rebelarte si la justicia es «una mierda»? Te quitamos hasta la revolución. Querías ser excepción y eres la norma de una generación perdida, con tu título universitario y una pizza de casa Tarradellas preguntándote «¿la vida era esto?». Perdónanos: te dimos una brújula sin norte y te reprochamos no saber volver a casa, un barco de papel para un maremoto. Joven ribeirense, perdona.