Los lobos

Carmen Alborés CON CALMA

BARBANZA

ALBERTO LÓPEZ

Los lobos también huyen de los incendios. Yo me pregunto dónde quedaron sus cinco lobitos, quizá detrás de alguna xesta ardiendo, como muchos animales que no pudieron huir y compartieron la misma suerte que algunos humanos, a los que un criminal fuego devoró. A mí me recuerdan a aquellos cuadros donde se ven las ánimas del purgatorio en actitud orante, en medio de lenguas de fuego, esperando entrar en el cielo.

Los lobos en la literatura son seres amables como Rómulo y Remo, dos gemelos a los que amamantó la loba capitolina para que pudieran fundar la ciudad de Roma. Los lobos fueron el ejemplo para muchos niños, para prevenirlos de que no abrieran la puerta a desconocidos, ni se entretuvieran con falsas promesas de gente que intenta engañarlos. Entonces se les contaba el cuento de la Mamá Cabra o el de Caperucita Roja. Hoy hay que advertirles sobre todo a los más indefensos, niños y ancianos, para que no abran la puerta de internet a cualquier depredador que los pueda embaucar.

San Francisco de Asís, viendo el peligro que suponía el lobo para el pueblo de Gubbio, logró amansar la fiera y llamarle hermano lobo. Otro cuento es el de los tres cerditos, en este caso es para animar a los niños a que se esfuercen en hacer bien las cosas para que el lobo no pueda derribarlos con un simple soplido, y se prevengan contra las posibles adversidades que les acechen en el futuro.

Hay muchas y duras advertencias en este sentido: el hombre es un lobo para el hombre, y fue tanta la aversión al lobo, devorador de rebaños y de otro ganado, que hubo que dictar leyes que los protegiesen para evitar su exterminio.

Hoy en día, el verdadero peligro en el bosque son los lobos incendiarios y pirómanos que se aprovechan de la soledad y de un bosque medio abandonado para quemarlo y que además, habiendo desaparecido el miedo al fuego eterno del infierno, solo la cárcel puede disuadirlos.

Antiguamente, cuando ardía el monte sonaban las campanas a rebato, hoy suena la alarma en los teléfonos. Ojalá nunca oigamos un toque de duelo por un bosque casi muerto. Es primordial que por una vez le hallamos visto las orejas al lobo y nos preparemos para prevenir otros posibles incendios y podamos oír en el bosque a los lobos aullar en las noches de luna llena o el alegre piar de los pájaros.