Seguro que oirán a pocos políticos, de aquí a las elecciones municipales de mayo del próximo año, hablar de su proyecto general de pueblo o ciudad. Mucho menos desmenuzar los capítulos que lo componen y, ya finalmente, a ninguno ponerle cifras; aunque sean orientativas, que sabemos que las cuentas de casa no dan con las del mercado. No lo oirán porque para eso hay que exponerse ante los votantes.
Si es un proyecto serio y riguroso mostrará a las claras cómo y para qué se quiere gobernar, algo que debiera ser tan básico como exigible en una democracia. Pero —¡qué triste decirlo!— de lo que huyen los políticos actuales como si fuese el diablo. Bien al contrario, su acción pública está instalada en el circunloquio, en la ambigüedad calculada y regida por los principios de Groucho Marx.
Al no definir prioridades y no establecer reglas de gasto claras —que las hagan creíbles— pueden hacer una navegación errática o a la carta, según soplen los vientos de las necesidades electorales, personales o de partido. Sí, ya sé que esto ocurre, quizás más, en planos superiores de la política pero no por ello se puede aceptar. Incluso creo que duele más en lo cercano.
¿Aceptaríamos que un médico nos hablase así sobre nuestra salud? ¿O a un mecánico sobre nuestro coche? ¿Aceptaríamos de nuestra pareja un sí, un no y todo lo contrario según le conviniese? Entonces, ¿por qué lo aceptamos de los políticos que después gestionarán nuestros impuestos, nuestras relaciones y nuestro espacio? Nos llevan con demasiada facilidad a la estéril verborrea de trinchera partidista, del enfrentamiento dogmático. Y ahí estamos, con indolencia.