Hace ya unos años que el monte Tremuzo de O Freixo está coronado por una larga hilera de molinos eólicos, los que ahora son sus dueños, en su día enviaron a gente para que fueran casa por casa convenciendo a los vecinos para que les vendiesen sus casi pelados montes por un precio irrisorio.
La señora María es ahora muy mayor ya, y viendo su monte con esos artefactos, preguntó a su nieta que era aquello, su nieta le contestó que eran molinos. Ella no entendía por qué ahora los ponían en lo alto del monte, y preguntó qué era lo que molían. «El viento», le contestó su nieta, «y con eso obtienen la electricidad para nuestras casas».
La señora María le dijo que los molinos que ella conocía estaban junto al río, molían el grano, había que saber manejarlos para que así la harina saliese con diferentes grosores. En esas moliendas también le contó que se «molían» algunos amores y se celebraban animadas tertulias. Además, los niños disfrutaban barriendo la harina con aquella pequeña escobilla.
La señora María se puso a tararearle a su nieta una cancioncilla que decía: «Unha noite no muíño, unha noite non e nada, unha semaniña enteira esa si que é muiñada...». Para Don Quijote, los molinos de viento eran amenazadores gigantes y él pensaba que «es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra».
A mí me suponen una gran contradicción. Por un lado, me gustan las energías limpias y renovables y, por otro, pienso en lo que afean el paisaje que desde niña guardo en mi retina. Supongo que para las nuevas generaciones ese hermoso paisaje estará ligado a la visión de enormes parques eólicos.
Deseo que el dios Eolo siga abriendo los pellejos donde tiene encerrados todos los vientos, para que se muevan las aspas de los molinos de O Freixo. Cada vez que enciende la luz la señora María, le vienen a la mente los molinos de su monte y piensa que gran negocio es ese de moler un viento que da Dios de balde, y que caro cobran el recibo de la luz. Carmen Alborés. Outes
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