La vuelta al cole siempre es un momento temido. Por los estudiantes al dejar atrás las vacaciones y afrontar otra vez los madrugones y las horas encerrados en aulas, con lo bien que se estaba en la calle. Para muchos padres, supongo, está el gasto económico que hay que afrontar, aunque algunas grandes superficies comerciales se anuncien como la panacea, por la financiación y por disponer de todo. Pero por segundo año, la vuelta al cole es temida por si supone un aumento de los contagios.
Recuerdo el inicio del curso pasado, haciendo reportajes sobre cómo los centros educativos se preparaban para el regreso de sus alumnos. Flechas, geles hidroalcohólicos por todas partes, mesas separadas, grupos burbuja, patios sectorizados... Era verlo y pensar en la que se nos iba a venir encima. Después tocó cubrir la vuelta de los universitarios a las facultades, todos muy negativos. La frase «en dos meses estamos en casa», era de las más repetidas.
Milagro o que no estaba tan mal pensado, quién lo sabe, al final no hubo drama. Por supuesto, se cerraron clases por contagios de alumnos o familiares, pero sin las consecuencias que casi todos preveíamos antes del arranque del curso. Ahora vuelve el debate. Parece que las mesas ya podrán estar más juntas y así ahorrar aulas extra y, en consecuencia, profesores que se habían contratado. Cuando aún estamos saliendo a duras penas de la quinta ola y se comienza a vacunar a los adolescentes, ya se teme un nuevo repunte de casos. Eso sí, será ya para octubre si eso, no hay que pensar en salvar el verano, turísticamente hablando.
Si algo ya funcionó, fuera por lo que fuese, no inventen.