Muchas veces se puede llegar a pensar que no nos extinguimos por pura suerte, porque lo cierto es que hacemos muchos méritos para acabar en el otro barrio. Por muchas normas que se dicten o por las miles de recomendaciones que se hagan, hay un amplio número de personas que van a hacer lo que le pete y, claro, luego vendrán las consecuencias.
En menos de cinco minutos, el otro día fui testigo de como a muchas personas parece que se la refanfinfla todo. La primera fue una señora de cierta edad y a la que no se le veía mucha agilidad que, en lugar de transitar por las amplias aceras que había a ambos lados, prefirió hacerlo por el medio de la carretera y cargada de bolsas, y justo eligió para su hazaña un miércoles de mercadillo del mes de julio en A Pobra donde los coches se multiplican. Pocos metros más adelante, otro intrépido vecino que, eso sí, llevaba atado de la correa a un perro de considerables dimensiones, decidió cruzar la vía cuando le vino en gana, sin mirar y, por supuesto, sin tener en cuenta que 50 metros más adelante había un paso de peatones.
El tercero en discordia era otro responsable conciudadano que, poco antes de las diez de la mañana, estaba depositando varias bolsas de basura en los contenedores. Sin duda, poco le importaba que el mal olor perfumara el barrio durante todo el día porque tirarla por la noche era demasiado esfuerzo.
Si normas tan básicas somos incapaces de cumplirlas, cuanto más cuando nos piden que, para evitar que una pandemia mundial siga sumando más víctimas, hagamos algo tan simple como usar mascarilla y mantener las distancias. Demasiado esfuerzo.