Por influencia materna soy un férreo amante de los refranes. Me parece que sirven para condensar en una pincelada -un tuit- el saber de cientos de años. Esta semana me vino uno a la cabeza: «No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos». Mítico, ¿no? Empezó a viajar entre mis neuronas cuando una amiga que vive en una gran urbe española me reconoció que echaba de menos a los guiris.
Me contó que cuando ve a británicos, alemanes, chinos o italianos perdidos en el metro, les indica el camino al hotel o a la atracción turística de turno. Los ayuda con una sonrisa. ¡Ella que los odiaba con todas las ganas! Todavía recuerdo cómo celebraba aquellas pintadas de Tourist go home que se veían por todo el país.
Sí, no se puede obviar que, en ciertas ciudades, el turismo ha sido sinónimo de caos y gentrificación, pero no cabe duda de que a este país le ha dado más de lo que le ha quitado. Y es por ello que cuando ciertos políticos disparan contra el supuesto empleo precario de la hostelería -deberían preguntarse cuánto gana un camarero en Ibiza-, tendrían que explicarnos si hay algo más precario que el paro o el cierre de miles de empresas que dependen de que alguien quiera visitarnos.
El covid, que ha servido para darnos cuenta por las bravas de cómo funciona el mundo, nos ha enseñado que, frente a los políticos que quieren acabar con el turismo para crear un modelo económico que nunca dicen cuál es, está ese otro refrán que dice que «o porco polo que vale». Si alguien que no vive del turismo te dice que hay que acabar con él, no te lo creas. Yo, y muchos en los últimos meses, nos declaramos fans de los guiris.