Pregúntale al polvo


Esta Semana Santa he estado contemplando viejas fotos de papel, es decir, fotos de verdad, en cuyo peso específico están contenidos instantes de tiempo como flores secas de un herbolario. ¿Cuántos retratos míos habrá destiñendo en los trasteros de familiares o amigos? Me siento extraño, desdoblado al verme en esas fotos con tres, con diez, con veinte años… Ese chaval no soy yo, es otro que posa. ¿Qué puedo decir de ese hombrecito que ocupa mi lugar?

Cuando era un niño la cámara solo aparecía en momentos especiales: comuniones o cumpleaños. Actualmente resulta imposible salir a cualquier minucia sin que alguien se empeñe en «inmortalizar» el momento, en dejar testimonio en Instagram… Yo estuve, yo hice, yo aparento ser feliz. Quizás hasta lo fui en algún instante, quizás alguna sonrisa era de verdad. Es curioso, ahora que no siento necesidad de justificar ante los demás, ni ante mí mismo, lo mucho que he vivido, lo mucho que me he divertido, encuentro un poco artificioso el ritual. Por querer que el momento perdure, lo violentan, lo asesinan. Se escapa. El tiempo nos olvidará.

En el futuro puede que nos rescate algún bisnieto de la neblina de algún cajón, «mira mamá, la foto del antepasado» para buscarse en nuestros ojos, y luego, ligeramente decepcionado, nos devolverá a un álbum rompedizo o a una caja de galletas danesas que seguirá acumulando polvo. Será ese un día triste. El más triste. El de la segunda muerte, que no es la destrucción de nuestro último retrato, sino la doliente certeza de que no queda nadie en el mundo a quien le importe.

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