No soy yo, es la vacuna


Este domingo me administraron la primera dosis de la vacuna de AstraZeneca contra el virus. He estado lidiando con algunos efectos secundarios desde el pinchazo, por lo que me gustaría compartir con ustedes, por si les fuera útil, qué sintomatología he ido desarrollando. Me la pusieron por la mañana, temprano, en el Hospital Provincial de Conxo. La enfermera me pidió amablemente que me arremangara. Al hacerlo, apreté los músculos no sé bien por qué. «Tienes el brazo muy tenso», me dijo, y lo me tomé como un halago. No lo era.

Fui debidamente lanceado en el deltoides y volví a Ribeira. Comencé a notar un dolor en el brazo que, a día de hoy, aún no se me ha pasado. Unas ocho horas después sentí un frío incómodo, dolor muscular, febrícula y pocas ganas de bajar la basura. Además ese domingo no me apeteció cenar ensalada y la vacuna me hizo pedir comida a domicilio. Pasé una noche fatal: por culpa de la vacuna me puse a hacer unas apuestas online a la liga turca y perdí.

Por culpa de la vacuna el día después fue lunes. Para sorpresa de propios y extraños, no tenía muchas ganas de trabajar, ¡la vacuna! Al salir del trabajo fui al súper, pero esa maldita vacuna hizo que me olvidara comprar las legumbres y, sin embargo, me obligó a comprar varias cajas de cerveza que yo no quería, claro.

El martes la vacuna me produjo cierta sensación de resaca. Y flashbacks de un perro y una cabra desorientados paseando por Ribeira. Por tanto, recomiendo encarecidamente la vacunación para sobrevivir y para no llevar la culpa de todo por un par de días.

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