Silenciosas han transcurrido las últimas noches de diciembre. No se han escuchado ladridos de perros, ni siquiera el maullido de un gato vagabundo. Desde una penumbra, espacio de tránsito hacia la oscuridad o hacia la luz, observas como tanto ella como la noche permanecen calladas y despiertas. Te preguntas en qué pensarán. «Tal vez están rumiando el hecho de que posiblemente se han arrimado a la persona equivocada», te dices rescatando de una alacena de la memoria algún pensamiento de la poeta Anne Carson.
Desde la misma posición, un poco más tarde, te acordaste de que el 11 de noviembre, con el fin de rendir homenaje al patrono de la aldea, San Martiño, habías leído algunos poemas de Avilés de Taramancos, y recuperaste de tu archivo particular este verso: «Inmenso é o sono onde o soño se lava». Y paralelamente se iluminó otra ventana de tu memoria que te decía que la noche de aquel mismo día habías soñado que andabas en el hórreo buscando dentro de los sacos de avena, heno y trigo la fruta que tu madre había escondido para que madurase. Olía a peras de manteca, manzanas, pavías y albaricoques.
El sueño transcurría a primeras horas de la tarde, cuando todos estaban echándose la siesta, mientras las vacas rumiaban sus neurosis sin bruar. Su final, sin embargo, se desencadenaba en invierno, en una fría noche de febrero bajo una luna llena colgada de un estrellado cielo sobre el inmenso páramo castellano: el amor llama en cualquier lugar, y aquella noche una de sus innumerables voces nos convocó en la llanura leonesa.
En aquella penumbra te dormiste. Rozaron tus manos las frías piedras de la noche y despertaste. Era de madrugada. Y te pusiste a pensar que a esas horas, cuando va llegando el alba y los gallos cantan su afonía, los perros de vuestra niñez se mantenían calentitos bajo la paja de los cobertizos. ¿Lo recordáis, colegas? Era en los últimos días del año cuando habíamos aprendido que, como las serpientes, las estaciones también mudan su piel. Aquel traumático instante quedó grabado como por un hierro candente: tal vez aún era otoño y un día diluviano. Y el compañero Luciano cayó en la impetuosa corriente del río. Entramos en el corazón del crudo invierno cuando lo encontraron sin vida en la playa de Barraña.
Meditas y admites que durante un largo período de tu vida mirar para las aguas pasadas era algo que acontecía como una imagen deformada de lo ya vivido. Otra cosa bien distinta, en cambio, ocurría cuando caminando por las calles algunas veces girabas la cabeza para ver andar a algunas mujeres. Entonces sentías que en ese modo de hacer, la belleza se volvía más accesible. Lo que emanaba de esta manera de mirar no era algo estimulante para la libido sexual, sino más bien una serena alegría, como una ráfaga de aire fresco.
También experimentaste otra forma de alegría cuando por la mañana, otra más, te sentaste en la terraza del bar, desde donde observas las gotas de lluvia de la noche anterior en las sillas y mesas arrimadas a la pared. Y mientras tanto vas pensando: «Reunirse con los amigos que nos quedan, además de escribir, leer, caminar, escuchar música, y cuidar las viñas, es lo más hermoso que me puede pasar. Adoro hacerlo. Y además procuro siempre que exista un equilibrio entre lo extraño y lo familiar».
Tras una pausa en silencio, empezaste a hablar con los viejos colegas de la aldea: «Se ha ido diciembre y ha venido enero y con él llega el tiempo de los Reyes Magos. Nosotros creíamos en los tres personajes y nos fascinaba la historia del nacimiento del Niño en un pesebre de Belén, una pequeña ciudad de la periferia de Israel. ¿Sabéis? Después de bastante tiempo, he vuelto a escribir a los magos de Oriente. Sí. Ahora que ya nadie escribe cartas, les he dado las gracias por alimentar nuestra fantasía y les pedí un próspero 2021 para todos».