Lo nuevo siempre atrae. Aunque se tardará en olvida aquel 13 de marzo, cuando el cierre obligado de los locales de hostelería hacía presagiar un confinamiento que llegaba al día siguiente, todos lo afrontamos con cierta ilusión. Al fin teníamos horas y horas para hacer todo aquello que el ajetreado día a día de los tiempos normales nos impedía. Hasta nos sobraban minutos para afrontar esos retos que animaban las redes sociales y los vídeos de coreografías en familia, pateando un rollo de papel higiénico o haciendo contorsionismo con el palo de una escoba formarán parte del baúl de nuestros recuerdos.
Echábamos de menos las tertulias con amigos, las comidas en familia, las terrazas y hasta el lugar de trabajo, pero manteníamos una extraña felicidad en medio de una inimaginable pesadilla. Con el paso de las semanas y tras aquella euforia inicial, llegó el bajón, motivado seguramente por el incierto futuro al que nos enfrentamos. Produce vértigo pensar en cenas entre mamparas de metacrilato, brindis desde la distancia, vacaciones en casa, reencuentros sin besos o playas precintadas.
Pero hay que tirar de fuerzas y pensar que tarde o temprano, el mundo vencerá esta batalla. Regresarán las estresantes jornadas entre trabajo, colegios y actividades extraescolares, ansiando la llegada de un día libre para dedicarlo simplemente a estar en casa sin hacer nada. Y para seguir aquí cuando eso suceda, extremar las precauciones se presenta como la única opción posible. Ya no por el temor a las multas, sino por miedo a un virus invisible que nos ha robado nuestra añorada rutina.